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Atentado en Boston: Ataque al Corazón de la Libertad Civil

 

Cuando una bomba explotó en la meta de la maratón de Boston estoy seguro surgieron un sinfín de recuerdos en la sociedad completa y que hoy se manchan con sangre. Las maratones (miles a través del orbe) no es sólo un grupo de corredores que pavimenta las calles por más de 40 kilómetros, es una fiesta global. La familia, los amigos y los desconocidos se unen a alentare en las esquinas sin importar quién eres, sino por el simple hecho de transformarte un sobreviviente de una de las pruebas más extremas del deporte mundial.

 

La muerte del niño de 8 años que esperaba alentar a su padre, es el reflejo de lo que son estas fiestas deportivas y, por lo mismo, su partida llena de duelo al mundo de los maratonistas. Muchos de nosotros hemos sido alentados o hemos alentado y eso nos obliga a reflejarnos en aquel injustificado dolor.

 

El odio, la discriminación, la segregación y los hechos de violencia como el de Boston nos lleva a reflexionar sobre los pocos momentos que como sociedad tenemos para compartir de igual a igual con el otro sin importar el credo, la raza, su inclinación sexual o su equipo de fútbol. Somos personas que nos unimos a recorrer por la ciudad con el único objetivo de vivirla.

 

 

Este tipo de eventos no discrimina, todos somos de igual color y pertenecemos a una misma familia que nos alienta durante todo el recorrido, independiente del apellido que tengamos. Es seguro que aquel niño debe haber gritado por horas a cada uno de los participantes, porque así se vive una maratón y así se termina, sólo por el apoyo de los miles de “desconocidos amigos” que te alientan en cada esquina.

 

 

Ese es el espíritu que inspira la no discriminación, es un momento en que cada uno es parte de un gran equipo, donde no importa quién gane o pierda, porque acá todos ganan. Es una instancia donde no sólo los corredores son parte activa de esta competencia, la sociedad apoya, la gente sale con banderas de los distintos países a apoyar y repartir dulces en las esquinas, independiente de quien sea el que los reciba, el aliento es uniforme, generalizado.

 

 

Los atentados en cualquiera de sus acepciones son injustificados y absurdos, ya sea el atentado a Pinochet, que tanto defiende Guillermo Teillier; como el de los profesores Natino, Guerrero y Parada, de manos de una patrulla de carabineros, no tiene una razón de ser más que la ira. El atentado en Boston sólo confirma dicha intolerancia y odio a algo (que en este caso aun no sabemos) pero que es claro supera la razón.

 

 

Habitualmente luego de estos hechos, es común que el temor se impregne de la sociedad y ésta se recluya. Sin embargo, es de esperar que en este caso por el contrario, nos tomemos las calles y demostremos que el dolor nos hace grande y que al igual que aquel estudiante chino frente a un tanque (the unknown rebel) en la plaza Tiananmen, digamos basta.

 

Felipe Vergara, Periodista y experto en marketing político