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Salvador

Aprender no es fácil. Desde que la luz entra por primera vez a nuestras pupilas, estamos condenados a aprender. Respirar, escuchar, caminar, comer, son actos aprendidos por una simple razón, la sobrevivencia. Con los años el aprendizaje se transforma en un repetir y repetir de actos reflejos, de historias de otros, de realidades ajenas a la nuestra, que finalmente adoptamos como propia, sin saber el por qué.

 

Llega un momento en el que no sabemos qué estamos haciendo. Buscamos explicaciones y muchas veces no cuadran con nada. Pensamos de una forma incomprensible, vivimos de una manera que jamás quisimos. Siempre creímos que íbamos por el camino correcto, pero llega un momento en la vida que los cuestionamientos te detienen y el aprendizaje comienza a desvanecerse.

 

¿Para qué acumular tanto conocimiento si no puedes ser auténtico y no sabes lo que de verdad quieres? Si, nos desarrollamos profesionalmente, somos exitosos, destacados, tenemos un nivel de vida aceptable según los cánones civilizatorios establecidos. Pero cuando el aire falta, cuando la mente quiere más, cuando la vida se te vuelve un infierno, en ese preciso momento, comienzas realmente a aprender. Los caminos aparecen, las luces se encienden y te encandilas con la magia de la vida.

 

Aprendiste a mirar, y lo que querías esta justo ahí, a centímetros de tu rostro, y llevaba años gritando: ¡Acá estoy!

 

Un día húmedo y triste, miré a Salvador, y lo escuché gritarme fuerte. Lo tomé entre mis manos, retiré el polvo que lo cubría, y busqué a un luthier. Conseguí un profesor y comencé a conocer lo que todos llamaban felicidad.

 

Salvador es un violín que pertenecía a mis antepasados, ahora mi violín. Salvador me embrujó con sus colores, con su complejidad, con su belleza. Cuando pude lograr que el sol y el re mayor se conciliaran bajo su arco, supe de que se trataba todo esto. Supe que era lo que quería aprender. Fue tarde, si, pero justo a tiempo para salvarme.