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Soy un hijo de la dictadura militar

Se cumplen 40 años del golpe de Estado. Para muchos un hecho poco relevante, para otros emblemático. Para parte importante de los jóvenes y niños chilenos el 11 de septiembre es la conmemoración de la caída de las Torres Gemelas el 2001. Es entendible y hasta lógico. Muchos de mis alumnos nacieron en democracia y hablarles del golpe es tan arcaico como el betamax.

 

Son nativos tecnológicos, no conocieron a Elvis, Freddy Mercury o Rock Hudson. No saben de Ayatollah Jomeini, Mijail Gorbachov ni de Ronald Reagan; menos de Carlos Prats, Orlando Letelier, Bernardo Leighton y André Jarlan.

Tampoco relacionan a Chile con la “Caravana de la Muerte”, el toque de queda, la radio Moscú o el Fortín Mapocho; la revista Hoy, los relegados y exiliados. Para ellos las torturas sucedían en Guantánamo y el escudo jamás fue una moneda; pero para tantos otros, cada uno de estos nombres sí significaron mucho. Somos los que nos autodefinimos como los hijos de la dictadura militar: aquellos que vivimos, nos criamos y educamos bajo “supervisión” de la Junta Militar.
Ser hijo de la dictadura, no necesariamente significa haber sufrido en carne propia los vejámenes brutales de aquel régimen, sino que es haber vivido y haber sido un actor pasivo de los acontecimientos, de hacerlos propios y de ceñirse a la ideología imperante y transformarla en nuestro quehacer cotidiano. Al igual que con la dictadura de Franco, muchos de los españoles adaptaron sus realidades a las impuestas por aquel régimen y por sus ideologías, en dicho caso muy normadas por el Opus Dei.

 

En Chile pasó algo similar, los que vivimos en carne propia la dictadura, nos formamos bajo la tutela de un canal estatal que todo el día nos hablaba de las maravillas del régimen, nos transmitían valores que ellos consideraban eran relevantes (pese a que ni ellos mismos los cumpliesen). En cierta manera fuimos, al igual que en 1984 de George Orwell, atomizados por un régimen que nos obligaba a creer lo que ellos querían que creyésemos. Todo lo que no calzaba con eso era lisa y llanamente comunista o rojo, con un tono peyorativo que realmente denigraba. No ser de derecha era vergonzoso, era una palabra autocensurada. Tan velada era la información que las enciclopedias venían con parches en las palabras de las cuales no podíamos leer.
Para nuestros hijos es increíble pensar hoy que las familias se peleaban a muerte por política. Dejaban de hablarse y hasta en algunos casos hasta justificaban acciones contra sus propios familiares. Si no, como se entiende que la hermana de Andrés y Herman Chadwick se haya ido al exilio con su marido José Antonio Viera-Gallo, mientras ellos ocupaban cargos o eran acérrimos defensores de la dictadura militar.
Demás está decir que parte importante de los problemas que hoy tenemos como sociedad son heredados de aquella época. El homosexualismo estaba prohibido, la pena de muerte era válida y hasta justificada –cuantos hay hasta estos días que justifican los asesinatos de la dictadura-, el divorcio era un sacrilegio y por lo mismo para hacerlo sólo debías comprometerte a nunca más volver a casarte (así era la Ley). Por lo mismo, los que se atrevían optaban por la irregular artimaña de la nulidad. La lectura obligada en los colegios era de una ingenuidad asombrosa, mientras hoy un niño lee y habla de sexualidad con libertad, bajo la dictadura eran temas vetados que crearon en esa sociedad una seudo castración mental de aquellos temas que hoy para muchos parecen tan normales como por ejemplo vivir en pareja. Hoy habitual y antes inmoral.
La dictadura también nos quitó 17 años de expresión cultural. Por años la mayor difusión musical que tuvo el país fueron los Huasos Quincheros. Todo lo altiplánico era relacionado con Inti-Illimani o Quilapayún, o sea comunista. En las letras las restricciones eran similares. Como el mayor acto de liberación podías acceder a leer Juan Salvador Gaviota, por lo que nuestra intelectualidad también se vio mermada en relación a las nuevas generaciones. Y en historia, accedías a lo escrito Gonzalo Vial o Paul Johnson que traían un sesgo claro anti comunista.
Ser un hijo de la dictadura de Pinochet, significa 17 años de estancamiento en nuestras libertades más profundas, es ser un ente pasivo que veía como el resto avanzaba y uno no. Perdimos 17 años de cultura, de intelectualidad, a cambio de una represión afectivo-social de magnitudes. Vivir en dictadura es asumir como normal lo que es anormal, es perder la capacidad de asombro ante las atrocidades y hasta encontrarlo razonable, creer que aquella frase mediocre e injustificable de “eran ellos o nosotros” tenía lógica. Era, por ejemplo, mirar con escepticismo a aquellos compañeros que volvían del exilio.
Afortunadamente de eso ya ha pasado tiempo, muchos cargamos con secuelas de vivir en dictadura, pero por suerte no han sido transmitidas a nuestras generaciones. Hoy los temas son otros, donde la política es uno más. Las ideologías ya no son en blanco y negro, ya no hay buenos o malos. Nos emocionamos al ver a nuestra selección -e ir al Nacional y alentarla recordando a los torturados y muertos en el estadio-, podemos leer las sombras de Gray, discutir sobre las marihuana o solidarizar con los derechos los homosexuales al matrimonio y llevar a nuestros hijos a conocer la Esmeralda, asumiendo que fue un centro de tortura y exterminio. Es una nueva sociedad, evolucionada, abierta y tolerante.
El presente se construye mirando al futuro, pero siempre aprendiendo de los errores del pasado. A 40 años del golpe de Estado y del inicio del período más negro de la historia de Chile, es importante reflexionar, cerrar heridas y abrir ventanas… para que nunca más en Chile.